Sacar sonrisas donde más se necesitan. Esa es la labor diaria del equipo de payasos que Sonrisa Médica, una entidad con más de 30 años de historia en Baleares, pero que ejerce su labor en Menorca desde 2018. Ese repartir alegría, mostrar esperanza y sacar lo mejor de una situación complicada -como es una estancia hospitalaria-, ha sido más que suficiente para que este 2025, la Beca Royal Son Bou Family, dotada con 7.000 €, sea para ellos. Jordi Pérez Fernández, responsable del equipo de payasos de Sonrisa Médica en Menorca, explica la importancia de este apoyo económico y detalla el trabajo —tanto artístico como sanitario— que realiza el equipo para transformar la experiencia hospitalaria en un espacio más amable, humano y esperanzador.
¿Qué es Sonrisa Médica?
Es una asociación sin ánimo de lucro que nació a partir de la necesidad de una niña mallorquina que conoció este servicio en Francia. Ella estaba muy enferma y, al regresar a Mallorca, pidió payasos durante su estancia en el hospital. Cuando falleció, porque tenía una enfermedad muy grave, sus padres movieron cielo y tierra para crear aquí un servicio similar al que habían encontrado en Francia: un grupo de payasos que trabajaban dentro de los hospitales. Así, hace 31 años nació Sonrisa Médica, con la que nos dedicamos a repartir sonrisas a los niños —pero también a los adultos— para ayudarles a que las estancias hospitalarias sean un poco más llevaderas, dar motivación y ánimos en medio de situaciones delicadas.
En Menorca empezamos en junio de 2018, en el Hospital Mateu Orfila. Y, este 2025, hemos iniciado visitas en dos residencias geriátricas de Maó.
No solo atendéis a niños.
Efectivamente. Desde hace unos años se modificaron los estatutos porque se vio la necesidad de atender también a las personas mayores, y la realidad es que está funcionando muy bien.
¿Cómo es el día a día de un payaso de Sonrisa Médica?
Siempre venimos una hora antes para vestirnos y maquillarnos. Es el momento de afinar instrumentos y también de charlar con los compañeros. En Menorca somos cuatro: Adriana Aguilar, Marina Ibarra, Fèlix Gómez y yo mismo. Iniciamos la ruta, que siempre está establecida, y vamos visitando los diferentes servicios y personas que tenemos anotadas.
Al terminar, dedicamos otra hora a cambiarnos y hacer un resumen de cómo ha ido el día. También elaboramos un informe, donde explicamos los recursos que hemos utilizado y si hemos hecho colaboraciones con el personal sanitario.
Una de nuestras máximas es intentar ayudar, en la medida de lo posible, a los profesionales. Por ejemplo, si tienen que hacer una extracción de sangre o utilizar una técnica invasiva, intentamos distraer al niño para que ese momento no sea tan emocionalmente impactante o doloroso.
¿Es un trabajo duro o satisfactorio?
Tiene ambas caras. Hay días en los que nos agradecen mucho la labor, y ves que lo hacen de corazón; pero también está la parte dura de entrar en contacto con personas que pasan por procesos muy difíciles y, como personas que somos, eso también nos afecta.
Afortunadamente, Sonrisa Médica es una organización muy bien estructurada, y contamos con el seguimiento de una psicóloga especializada, con la que hacemos encuentros periódicos y charlas para apoyarnos. Además, siempre que necesitamos una sesión individual, está disponible.
¿Qué representa para vosotros la Beca Royal Son Bou Family?
Esta era la cuarta vez que la presentábamos. Hay que tener en cuenta que Sonrisa Médica se nutre, entre otras vías, de donaciones de empresas privadas. De hecho, hay una persona dedicada a buscar este tipo de financiación. La beca se destinará a continuar con el servicio que ofrecemos: visitas dos días por semana al Hospital Mateu Orfila y dos días más a las residencias geriátricas de Maó.
El importe de 7.000 € es fundamental. Sin estas aportaciones no podríamos hacer lo que hacemos. No solo quienes estamos en primera línea —los payasos—, sino también la junta directiva, el personal de oficina y el resto de profesionales que nos acompañan.
Hay mucho trabajo detrás de cada sonrisa, y lo que nos falta es poder dar a conocer este servicio. Más en Menorca, donde llevamos menos tiempo y a veces nos encontramos con ciertas reticencias. Pero cuando lo conocen, cambian de opinión.
¿Es complicado mantener el servicio?
Sí, es complicado porque hay muchos gastos y mucho trabajo detrás de conseguir estos recursos para que podamos realizar esta labor y ofrecer un servicio de calidad. Es una dedicación que requiere preparación previa, experiencia y conocimientos tanto artísticos como sanitarios, por ejemplo.
Esa combinación entre arte y salud es curiosa.
Sí, es la combinación particular de nuestro oficio. Más allá de la parte artística y escénica que puede tener cualquier payaso, necesitamos conocimientos sanitarios, sobre todo de higiene. Por ejemplo, si debemos entrar en un quirófano preoperatorio, necesitamos saber exactamente qué medidas higiénicas debemos tomar. O si accedemos a una habitación con una persona en aislamiento. También debemos conocer las patologías básicas con las que nos solemos encontrar y qué implican.
Una de nuestras tareas es pedir la “transmisión”, que es toda la información que pueden darnos los profesionales sanitarios sobre el paciente, de modo que podamos adaptar nuestra intervención. Imaginad que un niño ha caído de un tobogán y se ha roto un brazo. En ese caso no haremos ninguna referencia a nada que pueda recordarle ese hecho o despertar malos recuerdos.
¿La intervención se personaliza cada día?
Totalmente. Un payaso de escenario mantiene siempre el mismo espectáculo, pero nosotros debemos cambiar cada día. Por eso usamos mucho la improvisación, adaptando el trabajo a las necesidades de cada niño.
No sabemos en qué situación encontraremos al pequeño o pequeña, ni en qué estado de ánimo, ni qué recursos tendremos a nuestro alcance para improvisar. Por este motivo, la improvisación es una parte fundamental de nuestra labor.
¿Cuál es la mayor recompensa para vosotros como profesionales?
Hay muchas. Pero lo mejor de todo son las miradas, las sonrisas. Cuando ves que alguien te mira con ilusión y quizá hace un minuto su expresión era de preocupación. Esa transformación es el regalo más grande que nos pueden hacer, porque vemos que lo que hacemos tiene utilidad.
También es precioso ver cómo, a veces, pacientes con los que tratamos hace años te paran y te dicen que el paso de los payasos les ayudó mucho, y todavía lo recuerdan. Son momentos que nos emocionan y nos ayudan a seguir adelante. Llevar un poco de felicidad siempre es bonito.







